Puso Dios en mis cántabras montañas auras de libertad, tocas de nieve, y la vena del hierro en sus entrañas. Tejió del roble de la adusta sierra y no del frágil mirto su corona; que ni falerna vid ni ático olivo, ni siciliana mies ornan sus campos, ni allí rebosan las colmadas trojes, ni rueda el mosto en el lagar hirviente; pero hay bosques repuestos y sombríos, misterioso rumor de ondas y vientos, tajadas hoces, y tendidos valles más que el heleno Tempe deleitosos, y, cual baño Náyades, la arena que besa nuestro mar; y sus mugidos, como de fiera en coso perseguida, arrullos son a la gentil serrana, amor de Roma, y espantable al vasco, pobre y altiva, y como pobre hermosa.